En menos de dos meses nos plantamos en Navidad.

Como le pasara al gran Bill Murray en la peli «El día de la marmota» (Groundhog Day), año tras año compruebo cómo se repite la misma historia: llega Navidad y con las reuniones familiares y sociales (que se mantuvieron igualmente durante el confinamiento, incluso aunque fuera online) tenemos la excusa perfecta para saltarnos todas las mesuras. Es Navidad, todo vale; es tiempo de celebrar, de comer y beber sin restricciones. Pero claro, este año quizá con más motivo… que ya hemos tenido bastantes!!

Y de nuevo «al día siguiente» de Navidad, seguimos el ritual establecido: toca ponerse a régimen y volver al gimnasio, para pormenorizar los efectos colaterarles: hay que reducir el volumen y bajar de peso sea como sea en el menor tiempo posible, no perder la imagen y seguir luciendo enfundados en un ego que no admitimos tener.

Es la prueba de que lo absurdo tiene raíces profundas en nuestra sociedad: ¿por qué le quitan el calcio a la leche o el yodo a la sal, para después añadirlos? ¿por qué comer mucho más de lo que somos capaces y pasar malas digestiones gratuitamente? ¿por qué nos atiborramos hasta no poder más, para luego pasarnos semanas haciendo semiayunos? No tiene sentido.

¿Qué es lo que nos lleva a ser capaces de ir a una comida social habiéndonos tomado ya de antemano un protector de estómago? ¿Qué les hace a algunos diabéticos pincharse más insulina de la que deberían antes de presentarse en un evento queriendo asegurarse que así podrán comer de todo, sin límites? No tiene sentido.

¿Qué se esconde detrás de todo eso?: ¿No sentirse incluido en «la manada» y/o ser considerado un «bicho raro», o un «muermo»? ¿Una huida del día a día, que nos estresa a algunos o nos envuelve de monotonía a otros? ¿La necesidad de tapar o al menos maquillar un vacío que sentimos dentro? Pueden ser muchas cosas, pero quizá todas confluyen al final en la misma: Falta de fondo y de estructura; falta de consciencia.

Nunca existe -a mi entender- un solo motivo por el que uno come y/o bebe compulsivamente, o en exceso. Es evidente que el comportamiento humano es multifactorial.

Hay cosas que no podemos controlar ni dependen de nosotros, pero otras sí y una de ellas es la alimentación. Somos nosotros quienes decidimos qué comer (al menos los que tenemos la posibilidad y la suerte de no pertenecer a ese grupo de personas con las que compartimos ¿primer? mundo, invisibles todavía para muchos, que no tienen qué llevarse a la boca y que andan siempre buscando entre las basuras lo que otros no queremos…). Nuestra carne y nuestra sangre están formados a partir de aquello de lo que nos alimentamos.

En esta entrada no voy a entrar en los conceptos de la alimentación consciente en relación a la globalización y productos de cercanía, o en relación a la contaminación que pueda suponer que a nivel colectivo nos alimentemos de determinada manera. Me ciño exclusivamente al impacto directo sobre nuestra salud.

Mi voz no es muy fuerte todavía, pero unida a otras muchas que defendemos una alimentación consciente, puede empezar a oírse. Y esa es mi intención con esta entrada: hagámonos conscientes, recuperemos la capacidad de elección, sepamos qué necesita nuestro cuerpo para alimentarse, para funcionar correctamente, para tener equilibrio y permitamos que nuestros otros cuerpos (el emocional y el intelectual, por ejemplo… incluso el espiritual si lo consideras) se alimenten también con lo que corresponde a cada uno de ellos.

Un chocolate nos relaja y nos endulza. También nos provee de ciertos nutrientes. Está bien tomárselo, ¿por qué no?… Pero cuidado:

  1. No es bueno comerse una tableta entera de una sentada (se puede comer de todo, en su justa medida).
  2. No sustituye una sonrisa (ese tipo de dulzura no lo puede aportar un alimento. Es lo que se llama «alimentación emocional«)

Creo que es muy importante empezar de una vez a escuchar nuestro cuerpo, cómo reacciona ante ciertos alimentos, qué nos pide que le demos y desde dónde nos lo pide.

Creo que es muy importante empezar a cuidarnos y mimarnos como merecemos. Mimarse es regalarse aquello que nos hará encontrar el centro, es cuidarnos a nosotros mismos y sentirnos «en casa» dentro de nuestro cuerpo.

Por eso propongo siempre, pero con mucho énfasis ahora que con la Navidades viene mayor riesgo, minimizar las «sobredosis» de alimentos poco saludables:

  • No se trata de no comer dulce, sino de sustituir el azúcar (en la medida de lo posible) por otros azúcares que nuestro cuerpo pueda gestionar mejor (melaza de arroz o  jugo concentrado de manzana por ejemplo, pero sobretodo dulce natural e intrínseco del propio alimento, como un boniato, una calabaza o un poco de miel).
  • No se trata de no comer carne. Hay que respetar: si es tu decisión que forme parte de tu dieta, perfecto… pero reduce el consumo de carne (sobretodo de la roja) y cuando la ingieras, acompaña el plato siempre con verduras para ayudar a digerir. Si se juntan varias comidas en las que te ponen carnes sí o sí, intenta equilibrar también reduciendo grasas durante los días sucesivos o durante la misma comida alternando con otros platos más digestivos (pide que te sustituyan la guarnición de patatas fritas por verduras… ¡qué sé yo!!!!, pero haz algo!!)
  • Se trata de paliar los efectos colaterales antes de que aparezcan. Y desgraciadamente aumentar de peso por sí solo no es el mayor de los problemas. Sí lo son el colesterol, el riesgo de enfermedades cardiovasculares, las digestiones infinitas y otros problemas de tipo intestinal.

Te invito a que pienses en ello y te pongas manos a la obra.

Y de paso, a mi nuevo taller presencial, programado para el día 27 de noviembre: «Cocina Navideña Saludable»… porque sea cual sea tu dieta, hay muchas opciones libres de grasa y azúcares para alternar con tus recetas habituales, que te ayudarán a encontrar un equilibrio en estas fechas y  a seguir disfrutando del buen sabor.

Ayúdame a que mi voz tenga más fuerza para poder concienciar a más personas de lo urgente y lo necesario que es cuidarse. Supone una mayor calidad de vida a largo plazo.

Escucha a tu cuerpo:

¡Te va a apetecer cuidarte!!!!

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Carmen

    Paloma que gran reflexión en la que veo el reflejo de todo lo que nos rodea. Si no nos atiborramos parece que no somos nadie. Me ha gustado leerlo para interiorizarlo de mejor manera. De verdad, muchas gracias.

    1. Paloma Alós
      Paloma Alós Matarredona

      Muchas gracias a ti por leerme y por comentar, Carmen. Sí, es muy habitual atiborrarse y también pavonearse por ello. Pienso que quizá es una manera inconsciente de rellenar un fondo del que desgraciadamente a menudo se carece, por un lado, y por otro buscamos retroalimentarnos con el reconocimiento externo para seguir haciéndolo. Al final es todo lo mismo: el estilo de vida de esta sociedad nos empuja a consumir en una pescadilla que se muerde la cola: hay un vacío interno, lo rellenamos con comida (que no es el alimento apropiado para ese vacío) o con «cosas» y nos autoconvencemos de que así somos «más»… Intentamos tapar el hueco de «dentro» decorando desde «fuera»…es absurdo cuando te das cuenta. No digo que siempre sea así, pero en muchos casos, sí.
      Un abrazo.

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